Pensamiento basado en riesgos: qué es y cómo aplicarlo a tus viajes
Viajar siempre implica cierto grado de incertidumbre. Podemos planificar una ruta, reservar un alojamiento, revisar el clima y calcular cuánto tardaremos en llegar, pero nunca podemos controlar por completo lo que ocurrirá durante el viaje.
Ahí es donde entra en juego el pensamiento basado en riesgos.
Para mí, este concepto tiene mucho más que ver con un cambio de mentalidad que con hacer listas interminables de cosas que podrían salir mal. Se trata de observar el viaje de una manera más completa, reconocer que existen situaciones que pueden afectar nuestros planes y pensar con anticipación cómo podríamos responder.
El riesgo está presente desde el momento en que decidimos viajar.
Está cuando elegimos un destino, cuando pensamos cómo llegar, cuando analizamos qué necesitamos llevar y cuando nos preguntamos qué podría pasar durante el recorrido.
Pero esto no significa viajar con miedo.
Tampoco significa imaginar permanentemente el peor escenario posible.
El pensamiento basado en riesgos consiste en tener una visión más realista del viaje para poder tomar mejores decisiones. Algunas situaciones serán simples, como perder un autobús. Otras pueden ser mucho más complejas, como encontrarnos con un bloqueo de carretera, tener problemas de salud o sufrir una lesión en un lugar alejado.
Lo importante es desarrollar la capacidad de anticiparnos sin dejar que esa anticipación nos impida viajar.
¿Qué es el pensamiento basado en riesgos?
El pensamiento basado en riesgos es una forma de analizar una situación teniendo en cuenta aquello que podría afectar nuestros objetivos, nuestras decisiones o nuestros planes.
En un viaje, esto significa preguntarnos cosas como:
- ¿Qué puede ocurrir?
- ¿Qué tan probable es que ocurra?
- ¿Qué consecuencias tendría?
- ¿Podemos hacer algo para evitarlo?
- ¿Qué haríamos si finalmente sucede?
Puede parecer algo muy estructurado, pero en realidad muchas personas ya utilizan este razonamiento de forma intuitiva.
Cuando revisamos el pronóstico antes de salir de excursión, estamos evaluando un riesgo.
Cuando decidimos llevar agua adicional porque no sabemos si encontraremos dónde abastecernos, estamos reduciendo un riesgo.
Cuando elegimos salir una hora antes porque sabemos que una carretera suele tener mucho tráfico, estamos anticipándonos a una situación que puede afectar el viaje.
El pensamiento basado en riesgos simplemente convierte esa forma de razonar en algo más consciente.
No se trata de pensar que todo va a salir mal
Existe una diferencia importante entre pensar en riesgos y pensar constantemente en desgracias.
Para mí, uno de los errores más frecuentes es confundir prevención con fatalismo.
Una persona puede analizar los riesgos de un viaje y, aun así, disfrutarlo completamente.
De hecho, muchas veces ocurre lo contrario: cuando conocemos mejor el escenario y tenemos alternativas preparadas, podemos viajar con mayor tranquilidad.
Imaginemos que vamos a realizar una caminata que debería terminar antes de que anochezca.
Un enfoque fatalista sería pensar:
“Seguro algo va a salir mal y voy a quedar atrapado en la montaña”.
El pensamiento basado en riesgos plantea preguntas mucho más útiles:
¿Cuánto dura realmente la ruta? ¿A qué hora debería comenzar? ¿Existe margen si camino más lento? ¿Qué ocurre si pierdo el transporte de regreso? ¿Tengo iluminación? ¿Hay otra ruta de salida?
La diferencia es enorme.
Uno genera miedo.
El otro genera información para tomar decisiones.
De reaccionar a los problemas a anticiparse a ellos
Muchas dificultades durante un viaje no son graves por sí mismas. Se vuelven graves porque no habíamos pensado qué hacer si aparecían.
Perder un autobús puede ser simplemente una molestia si existe otro treinta minutos después.
Pero perder el último autobús del día en una zona aislada puede cambiar completamente la situación.
El problema aparentemente es el mismo: perdimos el autobús.
Sin embargo, las consecuencias son diferentes.
Por eso el pensamiento basado en riesgos nos obliga a mirar más allá del evento y analizar el contexto.
Una buena planificación no busca adivinar el futuro. Busca darnos alternativas cuando el futuro no coincide con nuestros planes.
¿Para qué sirve el pensamiento basado en riesgos cuando viajamos?
El pensamiento basado en riesgos sirve principalmente para mejorar nuestras decisiones.
Viajar implica tomar decisiones constantemente: dónde ir, cuándo salir, qué transporte utilizar, qué llevar, cuánto dinero reservar, qué actividades realizar y cuándo cambiar un plan.
Cada una de esas decisiones está rodeada de incertidumbre.
Cuando desarrollamos una mentalidad orientada al riesgo, dejamos de pensar solamente en el escenario ideal y empezamos a considerar también qué puede alterar ese escenario.
Eso nos permite viajar de manera más flexible.
Tomar mejores decisiones antes de salir
En mi caso, considero que el análisis comienza incluso antes de comprar un pasaje.
Antes de viajar conviene preguntarse por qué queremos ir a determinado destino, qué esperamos encontrar, qué necesitaremos para movernos y qué características tiene el lugar.
No es lo mismo visitar una ciudad con buena infraestructura que recorrer una zona rural alejada.
Tampoco es lo mismo viajar durante la temporada seca que desplazarse durante una época de lluvias intensas.
La decisión puede cambiar dependiendo de nuestra experiencia, preparación, estado físico, presupuesto y capacidad para reaccionar ante imprevistos.
El pensamiento basado en riesgos ayuda precisamente a conectar todos esos elementos.
No busca decidir por nosotros.
Nos ayuda a decidir con mayor información.
Adaptarnos cuando el viaje no sale según lo previsto
Una de las capacidades más importantes durante un viaje es saber cambiar de plan.
A veces nos aferramos tanto al itinerario que terminamos tomando decisiones poco razonables simplemente porque queremos cumplir lo que habíamos programado.
Pero un itinerario debería ser una guía, no una obligación.
Si una carretera está bloqueada, si el clima cambia, si alguien del grupo se siente mal o si tardamos mucho más de lo esperado, el escenario inicial ya no existe.
El pensamiento basado en riesgos permite reconocer ese cambio.
La pregunta deja de ser:
“¿Cómo hago para cumplir el plan?”
y pasa a ser:
“Con la situación actual, ¿cuál es ahora la mejor decisión?”
Ese cambio de perspectiva puede evitar muchos problemas.
El pensamiento basado en riesgos comienza antes del viaje
Uno de los aspectos que considero más importantes es entender que los riesgos no aparecen únicamente durante el viaje.
Muchos pueden detectarse desde la planificación.
El proceso comienza cuando elegimos un destino.
Podemos investigar cómo desplazarnos, qué condiciones encontraremos, qué dificultades son frecuentes y qué recursos tendremos disponibles.
Cuanta más información tenemos, mejores decisiones podemos tomar.
Eso no significa que tengamos que preparar un plan para absolutamente todo.
Siempre existirán variables que no podremos prever.
La clave está en identificar aquellas que podrían cambiar significativamente nuestro viaje.
Elegir el destino también implica evaluar riesgos
Cada destino tiene características diferentes.
Algunos presentan dificultades relacionadas con el clima. Otros tienen problemas de transporte, infraestructura limitada, grandes distancias entre poblaciones o acceso complicado a servicios de salud.
También pueden existir circunstancias sociales o políticas particulares.
Por eso no creo que tenga mucho sentido preguntar simplemente:
“¿Este destino es seguro?”
La seguridad rara vez funciona como una respuesta absoluta de sí o no.
Una pregunta mucho más útil sería:
“¿Qué riesgos existen en este destino y estoy preparado para gestionarlos?”
Dos viajeros pueden analizar exactamente el mismo lugar y llegar a conclusiones diferentes.
Una persona con experiencia en montaña puede sentirse cómoda realizando determinada ruta, mientras que alguien que nunca ha caminado en altura puede necesitar mayor preparación.
El destino no ha cambiado.
Lo que cambia es la capacidad del viajero para enfrentarse a determinadas situaciones.
Qué necesito saber antes de viajar
Antes de viajar intento pensar en varios elementos básicos:
- cómo llegaré;
- cómo me desplazaré;
- dónde dormiré;
- qué condiciones climáticas puedo encontrar;
- qué servicios existen;
- qué problemas de salud son relevantes;
- qué documentación puedo necesitar;
- qué alternativas tengo si algo cambia.
No siempre necesitamos respuestas extremadamente detalladas.
A veces basta con saber dónde buscar información o qué alternativa existe.
Tener una opción B puede ser tan importante como tener un plan A.
Qué puede cambiar durante el recorrido
En cualquier viaje existen elementos que pueden cambiar rápidamente.
El clima es uno de ellos.
El transporte es otro.
También pueden cambiar las condiciones de una carretera, nuestra salud, el estado físico de alguien del grupo o la situación social de una determinada región.
Por eso la evaluación de riesgos no debería terminar cuando comienza el viaje.
También debemos observar lo que está ocurriendo alrededor.
Si recibimos información nueva, nuestras decisiones deberían poder cambiar.
Cómo identificar los riesgos de un viaje
Identificar riesgos no significa hacer una lista gigantesca de posibilidades.
La idea es reconocer aquellos escenarios que realmente podrían afectar nuestro viaje.
Una forma sencilla es dividirlos por categorías.
Esto facilita mucho el análisis.
Riesgos relacionados con el transporte y el itinerario
El transporte es una de las áreas donde aparecen más imprevistos.
Un autobús puede retrasarse.
Un vuelo puede cancelarse.
Una carretera puede cerrarse.
Podemos calcular mal el tiempo necesario para completar una ruta.
También podemos simplemente llegar tarde.
Algunos de estos problemas son relativamente pequeños.
Otros pueden generar una cadena de consecuencias.
Perder un transporte puede significar perder una conexión, no alcanzar el alojamiento reservado o tener que desplazarnos de noche.
Por eso conviene pensar no solo en el evento inicial, sino también en lo que podría desencadenar.
Riesgos asociados al destino y al entorno
El entorno también condiciona nuestras decisiones.
La altitud, el clima, la temperatura, las distancias, el terreno y la disponibilidad de servicios pueden transformar completamente una situación.
Un pequeño retraso en una ciudad probablemente sea manejable.
Ese mismo retraso durante una caminata puede provocar que no lleguemos al lugar de campamento antes de que oscurezca.
En mi experiencia, este tipo de situaciones demuestra muy bien que el riesgo siempre depende del contexto.
No podemos analizar un problema de manera aislada.
Tenemos que preguntarnos dónde estamos, qué recursos tenemos y qué consecuencias tendría continuar.
Riesgos sociales y políticos
Existen situaciones que escapan prácticamente por completo al control del viajero.
Un ejemplo claro son los bloqueos de carretera.
Podemos encontrarnos viajando normalmente y descubrir que una comunidad ha cerrado una vía.
También pueden surgir protestas, conflictos sociales o situaciones políticas que no tienen ninguna relación con nosotros, pero que afectan directamente nuestra capacidad de desplazarnos.
En esos escenarios no sirve de mucho pensar en quién tiene razón o quién tiene la culpa.
Para el viajero, la prioridad es comprender la situación y decidir cómo actuar de la forma más prudente posible.
Puede significar esperar.
Puede significar regresar.
Puede significar buscar otra ruta.
Y también puede significar abandonar temporalmente un plan.
Una buena gestión del riesgo implica reconocer cuándo una situación está fuera de nuestro control.
Riesgos para la salud y riesgos físicos
La salud merece una atención especial cuando viajamos.
Existen problemas relativamente frecuentes, como trastornos gastrointestinales o la conocida diarrea del viajero.
Pero determinados destinos también pueden exponernos a enfermedades transmitidas por mosquitos y otros vectores, como dengue, zika o chikungunya.
A esto se suman lesiones, accidentes y traumatismos.
Una fractura en una gran ciudad no representa el mismo escenario que una fractura a varias horas del centro médico más cercano.
Una vez más, el contexto modifica el riesgo.
La pregunta no debería ser solamente:
“¿Puedo lesionarme?”
Claro que podemos.
La cuestión realmente útil es:
“Si ocurre una lesión aquí, ¿qué capacidad tengo para responder?”
Esa diferencia cambia completamente nuestra preparación.
Cómo evaluar un riesgo: probabilidad, consecuencias y contexto
Una vez que hemos identificado diferentes riesgos, necesitamos priorizarlos.
No podemos dedicar la misma atención a todo.
Una manera sencilla de hacerlo consiste en observar tres elementos:
probabilidad, consecuencias y contexto.
La probabilidad nos ayuda a pensar qué tan posible es que ocurra determinada situación.
Las consecuencias nos indican qué tan serio sería el problema.
El contexto determina cómo nos afectaría realmente.
No todos los riesgos tienen la misma importancia
Existen situaciones muy probables pero con consecuencias pequeñas.
También existen eventos poco probables que podrían tener consecuencias muy graves.
Por ejemplo, durante un viaje puede ser bastante probable que suframos algún retraso.
Normalmente eso será una molestia, pero no una emergencia.
Una lesión grave probablemente sea mucho menos frecuente.
Sin embargo, sus consecuencias pueden ser considerablemente mayores.
Por eso la evaluación de riesgos consiste en priorizar.
No necesitamos obsesionarnos con cada posibilidad.
Necesitamos prestar más atención a aquello que puede afectar significativamente nuestro viaje.
El mismo problema puede tener consecuencias muy diferentes
Este es uno de los principios más importantes.
Imaginemos nuevamente que perdemos un autobús.
Si estamos en una ciudad y existe otro servicio dentro de una hora, probablemente solo tendremos que modificar ligeramente nuestro itinerario.
Pero imaginemos que ese era el último autobús desde una localidad pequeña y nuestro alojamiento se encuentra a cien kilómetros.
El evento es idéntico.
La consecuencia no.
Por eso las preguntas útiles son:
- ¿Qué ocurre después?
- ¿Tengo una alternativa?
- ¿Cuánto margen tengo?
- ¿Qué recursos necesitaría?
- ¿Podría la situación empeorar?
Este tipo de razonamiento desarrolla una mentalidad mucho más práctica frente al riesgo.
Qué riesgos podemos aceptar y cuáles debemos reducir
No todos los riesgos deben eliminarse.
De hecho, viajar sin ningún riesgo sería prácticamente imposible.
En algún momento tenemos que aceptar determinado nivel de incertidumbre.
La pregunta es cuánto estamos dispuestos a aceptar.
Podemos aceptar que un autobús se retrase veinte minutos.
Tal vez no queramos aceptar una caminata de varias horas sin equipo adecuado cuando existe una alta probabilidad de tormenta.
Cada situación requiere su propia decisión.
El pensamiento basado en riesgos no elimina nuestra libertad.
Nos ayuda a utilizarla con mayor criterio.
Ejemplos de pensamiento basado en riesgos durante un viaje
Los conceptos se entienden mucho mejor cuando los llevamos a situaciones concretas.
Y en los viajes existen ejemplos constantemente.
Perder un autobús o sufrir un retraso
Supongamos que debemos tomar un autobús a las seis de la mañana.
Un pensamiento basado en riesgos puede llevarnos a revisar previamente:
- cuánto tardamos en llegar a la terminal;
- si existe transporte a esa hora;
- qué ocurre si perdemos el autobús;
- cuándo sale el siguiente;
- si tenemos una conexión posteriormente.
No estamos intentando controlar el futuro.
Estamos descubriendo cuánto margen tenemos.
Si perder ese autobús únicamente retrasa nuestro viaje una hora, el riesgo es pequeño.
Si significa perder un vuelo internacional, la situación cambia.
No llegar al lugar previsto antes de que anochezca
Este escenario me parece especialmente útil para comprender el concepto.
Imaginemos una caminata hacia un campamento.
Inicialmente calculamos que tardaremos cuatro horas.
Pero comenzamos tarde y caminamos más lento de lo esperado.
Después de varias horas descubrimos que probablemente no llegaremos antes de que oscurezca.
En ese momento aparece una decisión.
Podemos seguir simplemente porque “ese era el plan”.
O podemos reevaluar la situación.
¿Cuánto falta?
¿Tenemos iluminación?
¿Conocemos la ruta?
¿Existe un lugar alternativo donde detenernos?
¿El terreno se vuelve peligroso de noche?
El pensamiento basado en riesgos consiste precisamente en reconocer que las condiciones han cambiado y que nuestra decisión también puede cambiar.
Encontrarse con un bloqueo de carretera
Un bloqueo demuestra perfectamente que existen riesgos externos.
Podemos haber preparado cuidadosamente nuestro viaje y aun así encontrar una carretera cerrada.
En ese momento conviene observar antes de actuar impulsivamente.
¿Cuál es la situación?
¿Existe tensión?
¿Hay otra carretera?
¿Es seguro esperar?
¿Podemos regresar?
¿Tenemos suficiente combustible, agua o comida?
La prioridad no debería ser “cumplir el itinerario a toda costa”.
La prioridad es adaptarnos al escenario real.
Enfermar o sufrir una lesión lejos de casa
Los problemas de salud pueden alterar un viaje rápidamente.
Una diarrea del viajero puede ser relativamente sencilla de manejar en algunos contextos, pero puede convertirse en una dificultad mayor durante una actividad física exigente o en un lugar donde el acceso a atención médica es limitado.
Lo mismo ocurre con una lesión.
Una caída aparentemente pequeña puede impedirnos continuar una ruta.
Una fractura puede requerir evacuación.
Por eso antes de determinadas actividades conviene preguntarnos no solamente qué podría pasar, sino también qué haríamos si ocurriera.
Esa segunda pregunta es fundamental.
Cómo actuar frente a los riesgos de un viaje
Después de identificar y evaluar un riesgo, llega la parte más importante: decidir qué haremos con él.
Existen varias posibilidades.
Podemos evitarlo.
Podemos reducirlo.
Podemos preparar una respuesta.
O podemos aceptarlo.
Evitar el riesgo cuando sea posible
A veces la mejor decisión es simplemente no exponernos.
Si una ruta está cerrada por condiciones peligrosas, podemos elegir otra.
Si el clima vuelve una actividad demasiado arriesgada, podemos posponerla.
Si determinada carretera presenta problemas serios, podemos cambiar de recorrido.
Evitar un riesgo no significa fracasar.
Muchas veces significa reconocer que las condiciones no justifican continuar.
Reducir la probabilidad o sus consecuencias
Otros riesgos no pueden evitarse completamente, pero sí reducirse.
No podemos garantizar que nunca sufriremos una lesión durante una caminata.
Pero podemos utilizar equipo adecuado, evitar rutas que superen nuestras capacidades y mantener un ritmo razonable.
No podemos garantizar que nunca tendremos problemas gastrointestinales.
Pero podemos prestar atención al agua, la higiene y los alimentos.
El objetivo es disminuir nuestra exposición.
Preparar alternativas y planes de contingencia
Una de las herramientas más útiles es pensar previamente:
“Si esto ocurre, ¿qué hago?”
No hace falta preparar un manual enorme.
Muchas veces una alternativa simple es suficiente.
Si pierdo este transporte, tomo aquel.
Si esta carretera está cerrada, regreso por esta otra.
Si no llego al campamento, tengo identificado un punto alternativo.
Si alguien se lesiona, sé dónde existe atención médica.
Tener estas opciones disminuye muchísimo la improvisación cuando aparece el problema.
Saber cuándo cambiar de plan
Esta probablemente sea una de las habilidades más difíciles.
Muchas personas pueden identificar un riesgo correctamente, pero aun así continúan porque ya invirtieron tiempo, dinero o esfuerzo en el plan.
Sin embargo, las condiciones pueden cambiar.
Cuando eso ocurre, tenemos que permitirnos revisar la decisión.
Cambiar de plan no significa necesariamente que hayamos cometido un error.
Puede significar simplemente que estamos respondiendo adecuadamente a nueva información.
Pensar en riesgos no significa dejar de viajar
Existe una paradoja interesante.
Cuanto más aprendemos sobre riesgos, más conscientes somos de todas las cosas que podrían ocurrir.
Eso podría llevarnos fácilmente al miedo.
Pero el objetivo debería ser exactamente el contrario.
El conocimiento debe ayudarnos a viajar mejor.
El riesgo siempre estará presente.
Podemos tener retrasos.
Podemos enfermarnos.
Podemos encontrarnos con carreteras cerradas.
Podemos enfrentarnos a situaciones que nunca imaginamos.
No tenemos control absoluto.
Y reconocerlo también forma parte del pensamiento basado en riesgos.
La diferencia entre prudencia y miedo
El miedo intenta evitar cualquier incertidumbre.
La prudencia intenta comprenderla.
Una persona prudente no necesita esperar condiciones perfectas para viajar.
Simplemente intenta saber dónde se está metiendo.
Antes de realizar una actividad puede preguntarse:
“¿Estoy preparado para esto?”
Esa pregunta es mucho más útil que asumir que todo estará bien o, en el extremo contrario, asumir que todo saldrá mal.
Viajar mejor preparado sin perder la capacidad de disfrutar
Para mí, esta es la finalidad del pensamiento basado en riesgos aplicado a los viajes.
No quiero que analizar riesgos convierta cada viaje en una lista de peligros.
Quiero que sirva para entender mejor el entorno.
Cuando tenemos cierta preparación, podemos reaccionar con mayor claridad ante lo inesperado.
Sabemos qué riesgos decidimos aceptar.
Sabemos cuáles intentamos reducir.
Y tenemos alguna idea de cómo reaccionar si las condiciones cambian.
Eso permite disfrutar el viaje con una perspectiva más realista.
Conclusión: viajar con una visión más realista del riesgo
El pensamiento basado en riesgos es, sobre todo, una forma diferente de mirar nuestros viajes.
Implica reconocer que existe incertidumbre y que no podemos controlar cada situación.
Pero también significa entender que sí podemos controlar muchas de nuestras decisiones.
Podemos investigar.
Podemos prepararnos.
Podemos identificar alternativas.
Podemos cambiar un itinerario.
Podemos decidir no continuar cuando las condiciones dejan de ser adecuadas.
Y podemos aprender a distinguir entre una simple molestia y una situación que realmente requiere cambiar nuestros planes.
En mi caso, creo que esa es una de las ideas más importantes: pensar en riesgos no significa asumir que algo malo va a ocurrir.
Significa comprender que puede ocurrir y decidir con anticipación cómo queremos comportarnos frente a esa posibilidad.
Desde perder un autobús hasta encontrarnos con un bloqueo de carretera, desde una diarrea del viajero hasta una lesión seria, cada escenario tiene una probabilidad, unas consecuencias y un contexto determinado.
El objetivo nunca será eliminar completamente el riesgo.
Eso no es posible.
El verdadero objetivo es aprender a viajar siendo conscientes de él, tomar mejores decisiones y adaptarnos cuando la realidad resulta diferente de lo que habíamos planeado.
Preguntas frecuentes sobre pensamiento basado en riesgos y viajes
¿Qué significa pensamiento basado en riesgos?
Es una forma de tomar decisiones considerando previamente qué situaciones podrían afectar nuestros objetivos, qué consecuencias tendrían y cómo podríamos responder ante ellas.
En los viajes permite anticipar problemas sin asumir que necesariamente ocurrirán.
¿Pensar en riesgos significa viajar con miedo?
No.
Pensar en riesgos significa reconocer la incertidumbre y prepararnos para manejarla.
El miedo puede llevarnos a evitar cualquier situación incierta. El pensamiento basado en riesgos busca que tomemos decisiones conscientes a partir de información y contexto.
¿Cuándo debería comenzar la evaluación de riesgos de un viaje?
Desde la propia planificación.
La elección del destino, el transporte, el itinerario, las actividades, el alojamiento y las necesidades de salud ya forman parte del análisis.
Además, la evaluación debe continuar durante el viaje porque las circunstancias pueden cambiar.
¿Cómo puedo identificar los riesgos de un destino?
Puedes comenzar observando varios grupos de factores: transporte, clima, salud, infraestructura, entorno físico, situación social y actividades que deseas realizar.
Después conviene preguntarte cuáles podrían afectar realmente tu viaje y qué alternativas tendrías.
¿Cómo se determina si un riesgo es importante?
Una forma sencilla consiste en considerar su probabilidad, sus posibles consecuencias y el contexto en el que ocurriría.
Un evento aparentemente pequeño puede adquirir mucha importancia cuando ocurre en una zona remota o cuando no existen alternativas.
¿Qué tipos de riesgos debería considerar antes de viajar?
Dependerá del destino y del tipo de viaje, pero generalmente merece la pena analizar:
- transporte;
- clima;
- condiciones del terreno;
- salud;
- lesiones;
- infraestructura;
- conflictos sociales;
- interrupciones de rutas;
- disponibilidad de servicios;
- cambios inesperados en el itinerario.
¿Es posible eliminar completamente los riesgos de un viaje?
No.
Siempre existirá cierto nivel de incertidumbre.
La meta no debería ser eliminar cada riesgo, sino identificar los más relevantes, reducirlos cuando sea posible y saber cómo responder ante aquellos que decidimos aceptar.
¿Qué hago con un riesgo que no puedo controlar?
Puedes trabajar sobre aquello que sí está bajo tu control.
Tal vez no puedas impedir un bloqueo de carretera, por ejemplo, pero sí puedes evitar entrar en una situación conflictiva, consultar alternativas, mantener recursos suficientes y modificar tu itinerario.
¿Cuál es la diferencia entre prevención y pensamiento basado en riesgos?
La prevención es una de las posibles respuestas frente a un riesgo.
El pensamiento basado en riesgos es más amplio: primero identifica el escenario, analiza su relevancia y después decide si conviene evitarlo, reducirlo, prepararse para él o simplemente aceptarlo.
¿Cuál es la idea más importante del pensamiento basado en riesgos al viajar?
Entender que prepararnos para los problemas no significa esperar que ocurran.
Significa aceptar que la realidad puede cambiar y desarrollar la capacidad de tomar buenas decisiones cuando eso suceda.
¿Qué significa pensamiento basado en riesgos?
El pensamiento basado en riesgos es una forma de tomar decisiones considerando qué situaciones pueden afectar nuestros planes, qué tan probable es que ocurran, qué consecuencias podrían tener y qué podemos hacer frente a ellas.
Aplicado a los viajes, significa dejar de pensar únicamente en el escenario ideal y empezar a considerar también los posibles cambios, retrasos, problemas de salud, dificultades de transporte o situaciones inesperadas que puedan modificar el viaje.
No se trata de imaginar constantemente que algo malo va a ocurrir, sino de entender mejor la realidad para tomar decisiones con mayor criterio.
¿Cómo se aplica el pensamiento basado en riesgos a los viajes?
Se aplica desde el momento en que comenzamos a planificar.
Cuando elegimos un destino, definimos una ruta, revisamos el transporte, analizamos el clima o pensamos qué necesitamos llevar, ya estamos tomando decisiones relacionadas con el riesgo.
Durante el viaje, este pensamiento continúa. Si cambian las condiciones, aparece un retraso, alguien se enferma o una carretera está bloqueada, debemos volver a evaluar la situación y decidir si mantenemos el plan, lo modificamos o buscamos una alternativa.
La idea principal es muy sencilla: anticipar cuando sea posible y adaptarse cuando sea necesario.
¿Cómo identificar los riesgos antes de viajar?
Una forma práctica es revisar diferentes áreas del viaje:
destino y entorno;
transporte;
alojamiento;
clima;
salud;
actividades;
itinerario;
situación social;
infraestructura;
disponibilidad de servicios.
Después podemos hacernos una pregunta muy simple:
¿Qué podría afectar de manera significativa mi viaje?
Por ejemplo, puede ser perder el último autobús, no llegar antes del anochecer a un campamento, encontrar una carretera cerrada o tener un problema de salud lejos de un centro médico.
No necesitamos imaginar todos los escenarios posibles. El objetivo es identificar los que realmente pueden cambiar nuestros planes.
¿Cómo evaluar el nivel de un riesgo?
La probabilidad nos ayuda a pensar qué tan posible es que algo ocurra.
Las consecuencias nos indican qué tan serio sería si ocurre.
El contexto determina cómo nos afectaría realmente.
Por ejemplo, perder un autobús puede ser un riesgo pequeño si existe otro treinta minutos después. Pero puede convertirse en un riesgo mucho más importante si es el último transporte disponible y necesitamos realizar una conexión esencial.
Por eso el riesgo nunca debe analizarse únicamente por el evento. También debemos considerar lo que ocurre después.
¿Pensar en riesgos significa viajar con miedo?
No.
Pensar en riesgos y viajar con miedo son cosas muy diferentes.
El miedo puede llevarnos a imaginar constantemente el peor escenario o incluso a evitar situaciones que podríamos gestionar correctamente.
El pensamiento basado en riesgos busca precisamente lo contrario: comprender mejor las condiciones para poder tomar decisiones con mayor tranquilidad.
Prepararse para una posibilidad no significa creer que necesariamente ocurrirá.
